Karl Marx y Adam Smith verán en un sofá la final de la Champions

IVAN PÉREZ/ @elmisterperez

Frente a un televisor HD en la Quinta Avenida en Nueva York, la gente se reúne para rendir culto. En La Plata, Argentina, un par de amigos, con mate, opta por sentarse en el sofá y empezar una discusión que probablemente alguna vez la tuvo Eduardo Galeano, Albert Camús o Jorge Valdano. Detrás de la Torre Eiffel, en París o la catedral de Colonia en Alemania o cerca del Lago Ness en Escocia, las personas dedican su noche a un acto de identidad: la Champions League.

Si de algo podemos estar seguros, es que si algo que uniría al padre de la economía moderna, Adam Smith con el comunista Karl Marx sería la Champions League. Un torneo que es para equipos de élite y también para los obreros. Nadie, en este mundo, se podría resistir al campeonato de clubes más importantes del mundo, ni el más recalcitrante defensor de la sociedad igualitaria… porque la Champions no lo es, está lejos de serlo, pero enamora.

Una tragedia de proporciones descomunales, Usain Bolt, un Mundial, el Super Bowl, son pocos los acontecimientos en el mundo que unen al planeta para mirarles. En este cajón está la Champions League, la llamada Liga de la Fantasía. Un torneo capitalista que nace en 1992 con su visión moderna y que para la actualidad resulta ser una fiel imagen, detallada y hasta pulcra de las clases sociales.

La Champions League es una batalla entre la teoría de libre mercado de Adam Smith y la lucha de clases de Karl Marx, donde casi siempre gana el que más plata tiene, eso también es verdad.

El torneo de clubes de futbol más importante del planeta es además de pasión… flujo de capital, salarios y precios, carga fiscal, política monetaria, derechos de propiedad privada, actividad del mercado informal, política de comercio.

¿Qué nos hace amar un torneo donde sólo los clubes más ricos del mundo (con pocas excepciones) tiene acceso?, ¿por qué no le criticamos?… probablemente una de las respuestas esté en que nadie se puede resistir a un regate de Lionel Messi, un disparo descomunal de Cristiano Ronaldo o Salah, el trabajo armonioso del Tottenham y la verticalidad como una flecha del Liverpool.

La Champions es un modelo económico de la realidad, una subeconomía dentro de otra, más de 20,000 millones de euros anuales se mueven en el torneo entre valor de plantillas, premios, patrocinadores, derechos de televisión según los reportes de la UEFA.

El PIB anual de la Champions sería más alto de lo que producen algunos países de Asia o África.

La Liga de Campeones es una batalla de clases sociales y nos gusta estar en sus adentros aunque todo eso esté a unos 7,000 kilómetros de distancia: nos sentimos millonarios, clase medieros y algunos miran con cierto recelo a los poco poderosos.

¿Por qué amamos un torneo clasista?

Algunos son muy elegantes o de etiqueta como el FC Barcelona y Liverpool. Otros desean el traje Armani o Hugo Boss de José Mourinho o Cristiano Ronaldo pero esa sensación de todopoderoso sólo causa dos cosas: amor o odio.

Queremos al torneo porque todos tenemos una dosis de Cristiano: somos arrogantes y vanidosos por genética.

Queremos a la Champions porque a muchos nos encanta saber de los enigmas, como el impronunciable danés de FC Nordsjaelland o la historia del APOEL de Chipre hace unos años y porque el Tottenham nos ha demostrado que el trabajo en equipo (casi siempre) sale victorioso.

También nos gusta esta batalla de clases sociales porque tenemos nuestros propios intereses. En Libia, Kenia, Cabo Verde, Islandia, Congo, Perú, Macedonia, Armenia, México, Italia, Portugal, en cualquier latitud hay un futbolista que ha jugado la Champions y que representará a su país, más de 80 naciones en 32 equipos.

La Champions la amamos porque nos ofrece épica, sueños, identidad, diferencia. Y eso nos encanta.