Una pasión de la patada: normalización de la violencia y falta de identidad

Una pasión de la patada: normalización de la violencia y falta de identidad

Dos frases del futbol que dejan clara la idiosincrasia nacional: “En México no estamos seguros de que el futuro exista: cada alegría puede ser la última” y “en su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no de equipo de futbol”.

Dos frases del futbol (Juan Villoro y Eduardo Galeano) que nos aclaran la idiosincrasia mexicana a través de una simbiosis: no tenemos ni idea del futuro —ni nos importa—, pero por supuesto que sabemos cuál es nuestro equipo.

La crítica es feroz por parte de quienes no pertenecen al círculo de las patadas: “un país que le exige más a un futbolista que a un político está condenado a la mediocridad”, se lee en las manifestaciones de intelectuales preocupados por el desarrollo de México en cualquier otro ámbito, menos en el futbol.

Y así, de repente lanzándose una que otra patada, (sobre)viven los mexicanos aficionados al futbol y los mexicanos no aficionados al futbol. Se crea un entorno polarizado, pero no en conflicto, hasta que la bomba estalla: un niño llora en los brazos de su madre mientras un hombre rueda con el rostro bañado en sangre.

Dicha escena se vivió el 20 de octubre de 2019 en el estadio Alfonso Lastras (San Luis Potosí), durante la celebración de un partido más entre el Atlético de San Luis y los Gallos Blancos de Querétaro, duelo catalogado como de alto riesgo en la región debido a los antecedentes de rivalidad que datan desde 1999.

¿Cómo es que un deporte en el que “cada alegría puede ser la última” nos llevó a una imagen de llanto, dolor y crimen? La ciencia lo explica desde dos causas principales: falta de identidad y normalización de la violencia.

Sin futbol, ¿quién eres?

FOTO: CREATIVE COMMONS

“Ladrón de mi cerebro”, “Ódiame más” o “Hasta la muerte” son algunas leyendas comunes en México entre aficionados al futbol, el deporte más popular con un 57.4% de preferencias —y casi 40 puntos arriba del box, segundo lugar— de acuerdo a la más reciente Consulta Mitofsky (2019).

Dichas frases forman parte de la identidad de aficionados a diversos clubes de futbol nacional, quienes llegan a tatuárselas como sello de apropiación:

Este tipo de aficionados está en la búsqueda de algo, pues existe ausencia y carencia de objetivos en su vida fuera del futbol. Hay una constante búsqueda de identificarse con un grupo

María Marentes, psicóloga con un doctorado en Ciencias de la Cultura Física.

Un escenario de violencia como el ocurrido en San Luis Potosí encuentra su origen, desde la perspectiva de la académica, en que “el mexicano está buscando mucho algo con qué identificarse y a través de eso buscar satisfacción” en un entorno nacional “de pobreza, desempleo y violencia”, donde la cultura y educación pasan a un segundo plano.

Esa falta de educación es característica de la mayoría de los participantes en este tipo de trifulcas que se han suscitado también en plazas como Monterrey, Torreón, Ciudad de México y Guadalajara en la última década.

Se trata de hombres y mujeres que basan la construcción de su identidad en un equipo de futbol, “y cuando este pierde, canalizan su frustración en la violencia”; además, en el momento preciso del conflicto, “hay una mayor tendencia a participar porque la responsabilidad no es individual, sino grupal y el grupo social tiene un impacto fuerte. Es más fácil compartir una culpa a que sea solo mía”, añade la investigadora.

Deporte perdido

“El deporte es propicio para la reconstrucción del tejido social que necesitan varias ciudades del país, sin embargo, el futbol, como la vida actual, pasa por una extrema mercantilización que hace que se pierda el enfoque positivo”, describe Alberto Gómez, egresado de Maestría en Estudios Culturales.

Desde su óptica, el puente que debería construir el futbol en México para canalizar frustraciones y lograr la cohesión social está perdido, debido a campañas de identidad negativas como el ‘Ódiame más’ del Club América y también “por la extrema normalización de la violencia que se vive en el país desde hace dos décadas”.

El San Luis contra Querétaro es un clásico regional —como el Monterrey contra Tigres o el Guadalajara contra Atlas— que ejemplifica lo anterior, ya que en los días previos a estos encuentros es común que los medios de comunicación utilicen narrativas de dominación, venganza y castigo que no solo se visibilizan en las canchas, sino también son reflejo de circunstancias sociales de seguridad como las autodefensas de Michoacán o los linchamientos a delincuentes en Puebla y otras entidades.

Son consecuencias de la ruptura del tejido social a través de la normalización de la violencia. Hemos sido omisos y hemos llegado a un punto de barbarie de pedir la sangre de nuestros contrarios

Alberto Gómez, egresado de Maestría en Estudios Culturales.

La falta de regulación a los mensajes que difunden los medios de comunicación previo a estos partidos —algunos considerados de alto riesgo— sumada a la frágil estrategia de los cuerpos de seguridad gubernamentales (900 elementos en el estadio Alfonso Lastras) dio como consecuencia un conflicto en el que se reportaron nueve lesionados, dos detenidos y cuatro denuncias, además de una imagen negativa del deporte mexicano en el plano internacional.

A limpiar el balón

FOTO: TWITTER TIGRES

Para el autor británico Jeremy MacClancy, “el deporte es una parte integral de la sociedad que puede ser usada como un medio para reflexionar sobre ella”, es decir, que un evento deportivo es una vitrina en la cual se pueden identificar valores y problemas que afectan a la vida diaria.

Entonces el futbol, el deporte con mayor popularidad en México, absorbe tintes culturales nacionales que observamos a detalle en los estadios con las palabras en los cánticos, el folclor de las vestimentas, la comida, los apodos y, en este caso en particular, con las trifulcas.

La ausencia de objetivos que indicó la psicóloga Marentes está vinculada con la falta de educación que enviste a la nación, por lo que la causa de los conflictos de barras en los estadios es un asunto estructural de la sociedad: si a los niños no se les fomenta educación, seguirán centrando su vida en un equipo de futbol —o drogas o pandillerismo— que les dé la identidad que no encuentran en su núcleo. Esos niños seguirán transformándose en adultos que canalizarán su frustración, por no encontrar metas en la vida, a través de la violencia sin encontrar un punto de reflexión.

Por ello, la académica sugiere que el deporte sea replanteado y “bien implementado desde el desarrollo del ser humano para convertirnos en mejores personas, lo cual podría ser una medicina para estas situaciones”.

Mientras que a corto plazo recomienda medidas como la suspensión de venta de alcohol en los estadios, fomentar una retórica de compañerismo entre los equipos y los medios de comunicación, así como tener claro que el futbol “es solo un juego, y que siempre será mejor que cada uno se enfoque en sus propias metas, en su vida”.

Con esas implementaciones, México dejaría atrás aquella frase de que “no estamos seguros que el futuro exista”, que acuñó Juan Villoro, para construir un entorno de mayor certeza y menos violencia en una de sus ‘fiestas’ predilectas: el futbol.

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